Dispara

Me preguntan quién soy y les digo mi nombre, aunque en mi cabeza piense que soy un montón de letras para quemar. Perdí hace tiempo esa batalla interior; me miran raro cada vez que digo lo que me gustaría decir.

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Dispara

Era de noche I

Me pregunto qué pasaría si le reviento la mejilla de un cachetazo. La noche no pararía mientes, estoy casi seguro. Y digo casi porque no importa en qué cloaca te hayas metido ni qué tan hondo estés, siempre hay un par de ojos. Las ambarinas podrían titilar, asustadas por el impacto. Las murallas, dar aviso a carabineros, y decirle al uniforme que oyeron un balazo. Un maldito relámpago, me gustaría decir. Pero qué estruendo más delicioso, justo en el rostro de aquella zorra.

El chiste es que sigue creyendo que tiene brazas al rojo bajo mis testículos. Bueno, quizá no esté del todo equivocada. Quizá caí en su gambito danés. Por incauto. Por querer apresurar un vals. Sí, yo huelo a bencina, pero ella tiene el bidón al lado.

Siento algo cercano a la paz, acaso la última granada en las manos de un mártir. Y aquí está la manida boca de esa putita, a un metro de distancia, ignorando que ando con ganas de hacer una clavada de esas que desfiguran el aro.

Me pregunto qué pasaría si le reviento la mejilla de un cachetazo. Sería increíble ver una lluvia de esquirlas y, de fondo, escuchar la fanaticada clamando mi nombre. Supongo que puedo imaginarme lo segundo.

Era de noche I

Dulces de anís II

Vladimir Nizu gateaba debajo de la mesa. El maldito caramelo había saltado de su bolsillo, ignorando que en la alfombra motuda siempre hay arañas de pelusa, depredadores de dulces de anís por naturaleza. Aunque tenía miedo de llegar demasiado tarde, se vio obligado a posponer la misión, mosqueado por la cantidad de tierra y mugre que había en el terreno. Antes de estornudar vio a través del ventanal que daba al jardín a su mamá, sentada en esa horrorosa silla de mimbre celeste, copa de vino en mano. Mientras, el televisor en el comedor enseñaba imágenes repetidas de un brutal asalto en Maipú. El dueño de un micrófono intentaba exprimirle al padre hasta el último detalle de la paliza. El dueño de otro micrófono, algo más tarado pero menos morboso, le preguntaba a la señora qué estaban haciendo cuando escucharon que alguien forzaba la puerta.

—…Las tantas de la madrugada. Estaba durmiendo y…

¿Y qué le importa a él? Piensa Vladimir, justo antes de zambullirse de nuevo en la jungla polvorienta. Aguantó la respiración y tanteó el perímetro con ambas manos. ¿Dónde estaba? Se imaginó por un segundo el envoltorio del caramelo, arrugado y exánime.

—…Ya no se puede hacer nada en esta ciudad. Ni en la casa uno está seguro…

Las arañas de pelusa devoran como si fueran pirañas. Vladimir se imaginó una centuria de ellas, trepando por su pequeño brazo hasta el rostro, colándose por sus fositas nasales con la intención de llegar al cerebro y…

Se levantó de súbito, preso del pánico, y corrió hasta donde estaba el televisor. Tensó el dedo índice he imaginó que era una lanza. El objetivo: el guardia de ojo rojo. La imagen de una cerradura corrompida dio un chispazo y se desvaneció bajo un manto de fritura electrica.

En el lienzo plúmbeo apareció el reflejo del jardín.

Su madre le tocaba el hombro a una amiga.

Parecía estar contándole un secreto.

Dulces de anís II

Cigarro

Tssss, una voluta de gas brota de la boquilla angosta. Le viene a la mente la imagen de un cigarro. Vive hasta la segunda quemada y se desvanece. Por alguna razón su madre se ha colado otra vez. No aparece el rostro entero, solo una mueca. La más cabrona de su arsenal. El cigarro te roba del bolsillo y es malo para la salud.

—Sí, pero por lo menos sabes quién te roba, y no es que el bandido la saque barata. Acaba inmolado.

Se pasa la lengua por el escocido labio inferior. ¿Para qué quiere uno tener bolsillo y salud? Sabe que hay medidas banales, como la del pene o las tetas, pero la más banal es la del bolsillo. Y la salud es algo que no dura para siempre, por más que le duela a algunos.

Qué idiota sería si midiera mi bolsillo, o si quisiera congelar el giro de una rueda.

El cigarro vuelve y con él la tranquilidad. Le encantaría tener uno entre pulgar e índice, incluso ahora, viendo chispitas de enfermo y no de chocolate en el aire. Tres aspirinas al hilo y todavía no se libra de la punzada en la mollera. Cree que es por el calor, no puede ser que tenga fiebre de nuevo. La chica del delantal le advirtió que no se quitara el albornoz, que hacía frío afuera y la brisa podía caerle horrible. ¿Pero qué sabe la chica del delantal?

—Ni una mierda.

Pasas todo el día enfermo.

—No molestes, mamá.

Es porque fumas todo el día y no comes bien.

—Me comí las papas y el zapallo a la hora de almuerzo. Y sabes que no me gusta nada la comida que sirven aquí. Deberías entender que…

¿Qué? No sabe muy bien, nunca pudo ganarle una discusión a la reina del conflicto. Su atención recae en un viejo de generosa barriga, sentado en uno de los escaños mal pintados que hay cerca de la ventana. Parece dormido, por no decir aniquilado. Intenta recordar si le vio al salir a la terraza. No, debió haber salido después. Difícil pregunta. Su memoria es algo de lo que ya no puede fiarse.

Le palpitan las sienes. Piensa que el sol debe estar enojado con alguien, luego imagina un cartón de tabaco en su mano izquierda. El cigarro te da cáncer, puede leer.

—¿Quieres darme cáncer, pequeñín? ¿Y qué tal si te quemo la cabeza?

Burbujas ínfimas bailotean sobre el mar negro atrapado en la botella. Nada como un refresco en estos días de sudor. Levanta la bebida, pero no la toma bien y se le resbala de los dedos. Baja la vista a la par que maldice. Ve el brebaje huyendo a borbotones del envase plástico, formando un charco, Tssss, sobre los tablones de madera.

Se dirige al viejo panzón:

—Qué puto lío, ¿no? Si estuviera mi madre diría que soy torpe e imbécil. Pero no está viva, ¿sabes? La muy puta, con bolsillo y salud —dice esto y se parte de la risa, esperando contagiar de guasa al vejestorio que tiene en frente.

Pero al viejo no le hace ni pizca de gracia. Parece una inmensa pasa deforme y estúpida. Bien podría estar muerto y ninguna chica con delantal lo sabe.

Ríe un par de segundos más y pisa el freno a fondo. Hay fuego en sus pulmones. Saca un pañuelo desechable, se lo lleva a la resquemada boca y carraspea como si tuviera un alambre atascado en la garganta.

Tres gotas de sangre menos que ayer.

—Debe ser por la comida. Estoy más sano que nunca.

Arruga el pañuelo y lo deja en manos de la gravedad, no sin antes salvar el cigarro impoluto que acaba de toser.

Cigarro

Cuando da igual

Que el soldado muerto en batalla no se queja con el fusil ni con la munición, si no con su deficiente puntería. Será que el patriotismo, el orgullo en medida venenosa y sin dirección congruente, ha diezmado hasta la última gota de buen criterio, y al adivinarse superado por la hueste enemiga el escape se le antoja un acto de lo más vil.

Cuestión de honor, le dicen. Morir con las botas puestas.

Cuando da igual