Horas flojas

Y eso usted no lo entenderá jamás, estar a todas horas evadiendo esa tristeza condensada, ir al rinconcito del patio todos los días con la esperanza de volver a verlo ahí, por que ni el mismo felino sabe si estará allí al día siguiente. Levantarme de la cama para ir a comprobar su presencia es una apuesta arriesgada, porque a veces voy y solo está el surquito en la tierra.

La chica del fondo del pasillo

Un brazo desganado se estira lo justo para dar con la mesita de noche. Para la colilla ya no queda esperanza; índice y pulgar elevan el vestigio a la altura de un par de ojos hinchados. Casi dieciocho inviernos. Le es nocivo pensar que entre esa idea y el pulgar quemado apenas caben dos caladas, que resta poco de descanso y que sí, fuma porque el humo esconde lágrimas y malas decisiones. Es algo más que un camuflaje, resulta necesario para justificar las paredes mal pintadas de esa habitación, el intento de estirar las sábanas y esa almohada engañosamente blanca.

Miradas

Mirar y ser mirado. Dos seres que se atacan, fingen que no se buscan en ese trámite que resulta ser el idioma de los silencios. La veo a ella e intento desvelar este cruce de miradas, el juego del cuerpo y todas las mentiras que se escapan de él sin respeto alguno. Ni pensar en darle rienda suelta al erotismo, pese a que nuestros ademanes nos delaten; hay otros momentos para esas vorágines. Primero vienen las miradas. Estar allí, mirar y ser mirado.

I

En estos momentos el solo de batería de Victor Lewis se me antoja un embrujo, luego ese descenso que es Baker, Getz, McNeely y Mraz incorporándose para rematar a la bestia. Todo culmina con el estallido de aplausos y silbidos que hacen lo posible por camuflar el final del espectáculo y todo lo triste que surge de dicha ruptura. Palmas de hombres y mujeres con los que nunca podré conversar, un resto de ondas en mis audífonos emprenden la retirada y me dejan a solas en ese taller, contemplando las colillas que quedaron luego de su visita.

Era de noche I

Me pregunto que pasaría. Las murallas darían aviso a carabineros, le dirían al uniforme que oyeron un balazo. Un maldito relámpago, me gustaría decir. Pero qué estruendo más delicioso.

Siento algo cercano a la paz, acaso la última granada en las manos de un mártir. Asomando la cabeza se divisa la vereda, y el concreto ignora que ando con ganas de una clavada de esas que desfiguran el aro. Me pregunto qué pasaría. Sería increíble ver una lluvia de esquirlas y, de fondo, escuchar una multitud inexistente clamando mi apellido. De tener la precisión suficiente, supongo que puedo imaginarme lo segundo.

Madrugada

Huele a sangre y a cenizas. Mi existencia se zambulle bajo el peso del óbito y atrinchera la cabeza entre sus manos embarradas. Escucha el temblor de la centuria enemiga, le reza al dios que está más cerca y le pide por favor que el perdigón rebelde silbe lejos de su nuca.

«Put that god damn cigarette out!»

Y mis pupilas de vuelta a la habitación. Las incógnitas se desprenden como lágrimas cuando las calles se inundan de ámbar. Afortunados los que hallan bálsamo en la almohada y sotierran dudas, yo me desvelo por las noches repasando cada una de ellas.

Me preguntan

Cómo va la escritura, me preguntan, como si supiera. Lo que menos trae el acto de escribir son certezas, por lo menos para un alquimista sin ni un gramo de oro en sus bolsillos. Respondo un solo bien, desconfiado y evasivo. Un escudo de cristal, si el que pregunta muestra interés real por lo que vaya a decir.

Pero si me contaron que era escritor,

Siempre que me preguntan digo que la cosa va bien, aunque esté mejor que eso o lleve tres meses sin saber qué mierda ofrecerle a los folios.

debería poder al menos articular dos o tres palabras seguidas,

A veces sufro pensando que aquel dialogo vacío y hueco, ritual social que tanto me cuesta entender, es el pedazo de felicidad que ando buscando. Ve tú a saber, quizá algún día tenga el coraje suficiente para explicarle a la gente que, en realidad, no soy tan bueno con las palabras.

¿no?

Dulces de anís

Despertó con la boca seca y un leve gusto salobre en las encías. Aún flotaban sobre la almohada fragmentos de pesadilla: Una pequeña disputa con un pedazo de bistec carbonizado. Los dientes flojos cayendo con el roce de su lengua áspera. Música de Ennio Morricone. Esa mujer de pelo corto susurrándole algo sobre la cuenta, que ella pagaba la cena.

Con suavidad masticó y logró calmarse un poco. Sintió bálsamo al comprobar que sus dientes seguían donde mismo. Sin embargo, lo alarmó el hedor fétido que manaba de sus fauces, residuos de una noche fumando como si hubiera estado en posesión de las últimas dos cajetillas de Marlboro en el planeta. Se libró del fárrago que eran las sábanas, estranguló la erección mañanera con el elástico del bóxer y se fue de paseo al baño. Tomó agua del grifo e hizo varias gárgaras. Se lavó los dientes, cabizbajo, tratando de eliminar el recuerdo tóxico del vicio. Se enjuagó con agua tibia para calmar el dolor y centró su atención en la espuma rosa que ya se iba por el drenaje.

Recuerda unos versos de su poemario favorito; Los burdos caprichos de mi gato japonés, de Gabriel Ducli. Le presta atención a lo que hay en su bañera. Sus pupilas se esfuerzan por crear una copia fiable de la imagen: El cerebro es el único lugar seguro para almacenar cosas.

—Tan seductora, de mirada lasciva y sonrisa pícara. Y tus manos coquetas, llenas de vida…

El resto del poema se lo lleva un bostezo que huele a sangre.