Era de noche I

Me pregunto qué pasaría si le reviento la mejilla de un cachetazo. La noche no pararía mientes, aunque las ambarinas podrían centellear, las murallas llamar a carabineros. No importa en qué escondrijo estés, siempre hay un par de ojos. Sonó como un balazo, le dirían al uniforme. Sonó como un maldito relámpago, diría yo. Pero qué estruendo más delicioso, justo en el rostro de aquella zorra.

Sigue creyendo que tiene brazas al rojo bajo mis testículos. Quizá no esté del todo equivocada. Quizá caí en su gambito danés y por incauto acabé con el cañón a un palmo de mi sien. Sé que voy directo al escollo, pero con cierta ventaja. Todavía no escucho a ninguna gorda cantar. La seguridad de mi destino será acaso una granada en las manos de un mártir, y ahí estará la manida boca de esa putita, ignorando que ando con ganas de estrenarme como triplista.

Dulces de anís II

Vladimir Nizu gateaba debajo de la mesa. Se le había caído el último dulce de anís, ahora preso de las hebras de la alfombra y las arañas de pelusa. Tuvo que abortar el rescate, algo mosqueado por la cantidad de tierra y mugre que había en el terreno. Estornudó varias veces. Sus ojos le ardían. Vio a través del ventanal que daba al jardín a su mamá, sentada en esa horrorosa silla de mimbre celeste, copa de vino en mano. El televisor en el comedor enseñaba imágenes repetidas de un brutal asalto en Maipú. El dueño del micrófono preguntaba a la dueña de casa qué habían hecho los ladrones, y qué estaban haciendo al momento de escuchar los ruidos.

—Eran las tantas de la madrugada po’, caballero. Estaba durmiendo.

¿Y qué le importa a él? Pensó Vladimir, zambulléndose de nuevo en la jungla polvorienta. Aguantó la respiración y tanteó el perímetro con ambas manos. Sin haber tenido éxito en su búsqueda, se levantó y fue trotando hasta el televisor. Qué periodista más imbécil. Tensó el dedo índice como una lanza hacia el botón de apagado. La imagen dentro de la caja dio un chispazo y fue absorbida desde el centro, fulminada. En el lienzo plúmbeo, todavía crepitando, apareció el reflejo del jardín. Su madre le tocaba el hombro a una amiga. Parecía estar contándole un secreto.

Cigarro

Tssss, una voluta de gas brota de la boquilla angosta. Le viene a la mente la imagen de un cigarro. Vive hasta la segunda quemada y se desvanece. Por alguna razón su madre se ha colado otra vez. No aparece el rostro entero, solo una mueca. La más cabrona de su arsenal. El cigarro te roba del bolsillo y es malo para la salud.

—Sí, pero por lo menos sabes quién te roba, y no es que el bandido la saque barata. Acaba inmolado.

Se pasa la lengua por el irritado labio inferior. ¿Para qué quiere uno tener bolsillo y salud? Sabe que hay medidas banales, como la del pene o las tetas, pero la más banal es la del bolsillo. Y la salud es algo que no dura para siempre, por más que le duela a algunos.

Qué idiota sería si midiera mi bolsillo, o si quisiera congelar el giro de una rueda.

El cigarro vuelve y con él la tranquilidad. Le encantaría tener uno entre pulgar e índice, incluso ahora, con dolor de cabeza y todo. Tres aspirinas al hilo y todavía no se libra de la punzada en la mollera. Cree que es por el calor, no puede ser que tenga fiebre de nuevo. La chica del delantal le advirtió que no se quitara el albornoz, que hacía frío afuera y la brisa podía caerle horrible. ¿Pero qué sabe la chica del delantal?

—Ni una mierda.

Pasas todo el día enfermo.

—No molestes, mamá.

Es porque fumas todo el día y no comes bien.

—Me comí las papas y el zapallo a la hora de almuerzo. Y sabes que no me gusta nada la comida que sirven aquí. Deberías entender que…

¿Y aquel armatoste, de dónde salió? Sentado en uno de los escaños mal pintados descansa un viejo de generosa barriga. Parece dormido, por no decir aniquilado. Intenta recordar si le vio al salir a la terraza. No, debió haber salido después. Difícil pregunta. Su memoria es algo de lo que ya no puede fiarse.

Imagina un cartón de tabaco en su mano izquierda. El cigarro te da cáncer.

—¿Quieres darme cáncer, pequeñín? ¿Y qué tal si te quemo la cabeza?

Le palpitan las sienes. El sol debe estar enojado con alguien.

Burbujas ínfimas bailotean sobre el mar negro atrapado en la botella. Nada como un refresco en estos días de calor. Levanta la bebida, pero no la toma bien y se le resbala de los dedos. Baja la vista a la par que maldice. Ve el brebaje huyendo a borbotones del envase plástico, formando un charco, Tssss, sobre los tablones de madera.

Se dirige al viejo panzón:

—Qué puto lío, ¿no? Si estuviera mi madre diría que soy torpe e imbécil. Pero no está viva, ¿sabes? La muy puta, con bolsillo y salud —dice esto y se parte de la risa, esperando contagiar de guasa al vejestorio.

Pero al viejo no le hace ni pizca de gracia. Parece una inmensa pasa deforme y estúpida. Bien podría estar muerto y ninguna chica con delantal lo sabe.

Ríe un par de segundos más y pisa el freno a fondo. Hay fuego en sus pulmones. Saca un pañuelo desechable, se lo lleva a la resquemada boca y carraspea como si tuviera un alambre atascado en la garganta.

Tres gotas de sangre menos que ayer.

—Debe ser por la comida. Estoy más sano que nunca.

Arruga el pañuelo y lo deja en manos de la gravedad, no sin antes salvar el cigarro impoluto que acaba de toser.

De ese debate que ya está perdido

Que el soldado muerto en batalla no se queja con el fusil ni con la munición, si no con su deficiente puntería. Será que el patriotismo, el orgullo en medida venenosa y sin dirección congruente, ha diezmado hasta la última gota de buen criterio, y al adivinarse superado por la hueste enemiga el escape se le antoja un acto de lo más vil.

Cuestión de honor, le dicen. Morir con las botas puestas.

Libertad

Escribia livro con uve. No le caia muy bien la tilde. Las comas se las guardaba porque decia que era mejor tener de sobra. Todo el mundo sabe que se pueden acabar. Y los puntos bueno tenia esta extraña mania de usar solo cinco puntos por texto.

Solo escribe I

—¿Tu personaje principal tiene los ojos verdes? No sé, me sabe un poco a actor de Hollywood. Estamos hablando de un barrio pobre en algún suburbio perdido en el que la gente se mata a machetazos por un simple empujoncito. Al menos ese es el contexto en el que está envuelto este ojitos verdes, según lo que leo. Me parece increíble que a estas alturas, página veintitrés, nadie le haya arrancado los ojos para venderlos.

—Le cambio el color, entonces.

—Creo que me he expresado mal. Deberías cambiar este manuscrito por completo. Dale a ese maldito personaje principal algo que valga la pena. Puede ser algo malo, o repulsivo, como ser adicto a la masturbación. Quiero decir, adicto al extremo de sacar humo y quemar carne. No conozco muchos personajes que tengan esa marca registrada.

—¿Y contra quién combate alguien así? No es interesante.

—¿Quién dice que debe combatir contra alguien? Algunas historias carecen de villanos, incluso de trabas. Dale un poco de porno a esa manita y ve como se desenvuelve en las páginas siguientes.

—No sé, ah.

—Solo escribe, hombre.

 

Hey, ¿me lees aún? Así es cómo empezó este asunto del ojitos verdes, adicto a la masturbación. Sé que suena complicado, o quizá interesante. Maldita sea, ya puedo sentir las teclas bajo mis dedos. La verdad es que tengo algunas ideas pero… Espera, acércate un poco más, que quiero decirte algo al oído: mentiría si dijera que no me asusta el reto.

El sastre

El Sastre

Con cuidado para que no se le cayeran los alfileres, continuó con el pulso firme hasta la última costura. La boca ya estaba lista, así que ahora daba lo mismo si se despertaba. Le sería imposible gritar.

 

Ilustración: Catalina Fuentes.