Enroque largo IV

El primer pétalo era de rosa. Tanto su color como su forma se asemejaban a una copa de vino. Ese hallazgo fue como el primer puñetazo en una pelea de boxeo. La nostalgia me tanteaba, y aunque no me doblegué al instante, tardé poco en sentir una suerte de nocaut emocional. Entre algunas brumas pude rescatar recuerdos de mi mamá guardando pétalos en sus libros. Tréboles, hojas de aromo, girasoles completos. Puede que sirvan más adelante, solía decir.

Me zambullí por completo en la polvareda, las texturas y la tinta, impulsado por la añoranza. Vi libros que me contaron toda su vida, vi otros que me dieron la espalda. Otros me regalaban ramitas de eucalipto, semillas o un pétalo. Estos últimos eran los que yo buscaba. Y así estuve una semana entera hasta completar la colección.

Eran casi cuatro mil libros, ¿será que nunca los contaste, mamá? Sé que no te gustaba como escribía Bolaño, pero tenías algo en común con él. Para ustedes dos robar libros no era un delito.

Lluvia

Todos nos hemos empapado alguna vez por las razones equivocadas. También hay buenas formas de empaparse. Puede haber delicia en el acto, puede haber nostalgia. Salí sin chaleco a la calle, sin cortavientos, sin paraguas. Me gustaría decir que sin tristeza, pero desde que lo vi por la ventana a ese callejero, sentí yo mismo un terrible abandono. Cerré la reja tras de mí y caminamos juntos un par de cuadras. Si estuviera en la situación de aquel perro, pensé, yo que soy tan humano, tan odiosamente rencoroso, me sería imposible no empaparme de amargura con esta lluvia. Pero lo vi a ese quiltro anónimo y me conmovió percibirlo así, tan empapado de esperanza.

Técnicas para absorber palabras nuevas

Si tienes una memoria tan mala como la mía (espero que no), puede que te hayas percatado de lo fácil que es olvidar palabras con las que uno no se cruza muy a menudo. Esto se puede aplicar también a citas, fechas históricas importantes, etc… Olvidar es frustrante y en ocasiones nos puede costar caro. ¿Qué podemos hacer al respecto? Si ya lloraste desconsolado debajo de la mesa y no te dio grandes resultados, te dejo unos consejos que te serán de gran ayuda. El tercero puede que incluso cambie tu vida por completo. Tu memoria es mucho mejor de lo que tú crees.

Menos es más

Si estás leyendo un texto atiborrado de palabras que desconoces, no te aconsejo atacarlas a todas juntas. En manada son capaces de noquear a cualquiera, y a menos de que te consideres un genio de la mnemotecnia, será difícil que recuerdes un tercio de ellas. Quizá sea mejor que leas una versión actualizada de El Conde Lucanor o que reconsideres si Lazarillo de Tormes es una lectura indispensable en estos momentos. Ya sabes, acércate a textos que muestren menos colmillos y más vientre. Pero si quieres continuar navegando en aguas infestadas de palabras salvajes, para estos casos te recomiendo capturar un límite de 3 palabras por página, y solo las que sean más llamativas o relevantes para ti. El resto deja que se hundan o te hundirás con ellas.

Óleo sobre lienzo: El Lazarillo de Tormes. Autor: Santamaría y Pizarro, Luis.

Si tienes armas nuevas, úsalas

La consulta al diccionario es un poco engañosa. Esto es así porque en el momento uno cree que tiene enjaulada la definición. Puede que cierres los ojos y repitas lo que acabas de leer con éxito (o casi), y entonces quedas conforme. ¿Fácil o no? Pues no tanto. Si eres como la mayoría de los mortales, con el pasar de las horas y sin un repaso programado, verás que tu memoria te juega malas pasadas. Se agravará el olvido con el pasar de los días, y las semanas, y así… Una muy buena manera de retener palabras nuevas es jugando con ellas. Úsalas. Oblígalas a pelear entre ellas y que las perdedoras se lancen por un peñasco muy alto y escarpado (risco). ¿No te gusta la idea? Pueden juntarse a tomar el té y comer galletas también. Da lo mismo pero escríbelas. En un papel, en el celular, en una servilleta. En donde sea pero escríbelas, y no solo por el mero acto de escribirlas y ya. Intenta hilar algo que tenga un significado para ti. Te garantizo que recordarás muchas más palabras si juegas con ellas.

Tarjetas Anki

Es muy probable que ya conozcas las tarjetas Anki. Y si no, este descubrimiento será un antes y un después en tus sesiones de estudio, mi querido/a amigo/a cavernícola. Las tarjetas Anki son perfectas para memorizar cualquier cosa. Si le sacamos el jugo a esta herramienta podremos retener información de manera eficiente y duradera. Anki está disponible para Android, iOS, Windows, Mac y Linux. Yo tengo la aplicación en mi Samsung, así puedo repasar mi vocabulario (o cualquier otra cosa) en donde sea.

Página web de Anki

¿Cómo se utiliza?

El concepto principal de Anki no es nuevo. La idea es crear un mazo de cartas con las palabras, definiciones, imágenes, que uno quiera memorizar. Por un lado de la carta tenemos una pregunta y por el otro, la respuesta. Anki nos facilita mucho esta tarea y nos permite añadir audio, adjuntar fotos o capturas de pantalla, etc… También nos dice cada cuánto tiempo tenemos que repasar nuestras tarjetas (repetición espaciada) dependiendo de nuestros resultados previos.

Hace poco me compré el libro Los miserables, de Victor Hugo, y creé un mazo especial con ese nombre. Cuando estoy leyendo dicho libro, anoto las palabras que desconozco o las que yo considero necesito reforzar y las añado a mi mazo de Anki. Una de estas palabras era Tifus.

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Espesura

Levantó el arma y miró a través de ella. Disparó antes de que fuera demasiado tarde. Dos, tres, cuatro, así hasta que perdió la cuenta. Emprendió la retirada y revisó todas las imágenes. En ellas capturó la veteranía de los pinos, el aroma a tierra húmeda, incluso el temor a lo que no se conoce. Pero en ninguna de las fotografías tomadas había rastro de eso que le había sonreído.

Enroque largo III

—¿Encontraste el libro que andabas buscando?

—Sí, ya lo guardé en mi mochila. También vi que tienes una carpeta llena de pétalos secos. Está muy linda.

—Hay una historia curiosa sobre esa colección.

—¿Me la cuentas? —Me agarró la mano y me miró con fijeza. Su lenguaje corporal era una delicia. En el no habían trampas, siempre jugaba con las cartas boca arriba— ¿O quieres hacerte el interesante? Te gusta eso de andar esparciendo la intriga y luego te callas o te vas.

—¿De dónde sacaste eso?

—De todos estos días que hemos estado hablando.

Ese cúmulo de nostalgias y placeres para olvidar. Paseos sin destino, cigarros que morían demasiado rápido. Variaban ciertos personajes y lugares, lo constante era una soledad normalizada.

—Cierto, cierto. ¿Como un mes o me equivoco?

Me volvió a mirar. En sus labios se dibujó una cándida sonrisa. Su forma de ser me daba ternura pero también temía por ella. Había conocido a personas así antes y todas terminaban en las redes de algún miserable psicópata.

—Diría que tienes mala memoria, pero ahora creo que es otra cosa.

Me levanté y le puse una carga nueva a la pipa.

—Bueno, volviendo a lo de los pétalos…

Enroque largo II

Siempre que ella tenía una pesadilla me la contaba. Yo recuerdo esa maraña de tramas con todos sus detalles, pero no porque tenga buena memoria. Muy por el contrario, siempre he sido olvidadizo y todo el mundo dice que a veces me hablan y sienten que no estoy escuchando.

Pero con ella condensaba mi atención, como si fuera un asunto de vida o muerte. Sentía que era poco menos que un deber. Después, pasadas las semanas o incluso los meses, le hablaba sobre esa casona que devoraba niños por sus ventanas, o ese baño público en medio del desierto. A ella le sorprendía que yo recordara esas cosas. A mí también.

Enroque largo I

La conocí en una librería, ella trabajaba allí. No puedo decir mucho más de aquel primer encuentro. Compré algo de papel y me fui.

La segunda vez que nos vimos, me confesó que había robado unos lápices caros y que le gustaba dibujar ojos.

Así comenzó todo.

Roble escarlata

Compré un arreglo floral carísimo. Sencilla frase la que utiliza para bloquear el gris de la situación. La repite una y otra vez al salir de la tienda. Está avergonzada y se le nota en el andar. No sabe por qué.

Quizá sea porque se olvida del pequeño, quien le va tirando de una mano desde que salieron al encuentro de la calle. A mitad de cuadra parece despertar del trance y sus piernas de muñeca rota se detienen a temblar. Se agacha hasta quedar cabeza a cabeza con su hijo y alza las cejas.

Él señala algo a lo lejos, ella apenas lo ve. Menos de un segundo y desvía la mirada. Era una hilera de robles escarlata, muy parecidos a los de esa foto antigua, la primera de muchas. Se estremece pensando en eso.

—Son bonitos —dice el niño.

La mujer se levanta, lo coge de un brazo y enfilan ambos calle abajo. Dos cortavientos y un manojo de colores temerosos sobrevuelan el nubarrón de la vereda. Observa con especial atención los pasos alargados que da el hijo, como si fuera un astronauta. Encuentran el auto. No se puede quitar de la cabeza la imagen de tierra seca y pétalos marchitos.

—Las flores te gustan como el arcoíris.

—Es que los arcoíris son muy bellos.

Acomoda las flores en el asiento trasero.

—Quiero que las vea mi papá.

—¿Crees que le gusten, cierto?

Intercambian una mirada somnolienta, ambos lucen mejillas coloradas. El niño frunce un poco la boca. Sus pupilas brillan. ¿Qué pasa ahora? piensa ella. Siente algo en la espalda y el pecho, trepa hasta la garganta y se queda allí. Compré un arreglo floral carísimo.

—¿Qué pasa, Tomasito? —La respiración no le da para más letras, los labios caen como afectados por la gravedad. Recuerda los cirios, las frías baldosas, los murmullos, y aquellos guardianes de piedra sobre las tumbas.

—No tengas penita, mamá. Tus ojos se ponen rojos cuando tienes penita.

La chica del fondo del pasillo

Un brazo desganado se estira lo justo para dar con la mesita de noche. Para la colilla no queda esperanza; índice y pulgar elevan el vestigio a la altura de un par de ojos hinchados. Una semana más tarde será mayor de edad. Le es nocivo pensar que entre esa idea y el pulgar quemado apenas caben dos caladas. Ella fuma porque el humo es un buen pretexto, no se les vaya a cruzar por la cabeza que estuvo llorando. Y es algo más que un camuflaje, resulta necesario para justificar las paredes mal pintadas de esa habitación, el intento de estirar las sábanas y esa almohada, que no es suya y que es engañosamente blanca.