Cigarro

Tssss, una voluta de gas brota de la boquilla angosta. Le viene a la mente la imagen de un cigarro. Vive hasta la segunda quemada y se desvanece. Por alguna razón su madre se ha colado otra vez. No aparece el rostro entero, solo una mueca. La más cabrona de su arsenal. El cigarro te roba del bolsillo y es malo para la salud.

—Sí, pero por lo menos sabes quién te roba, y no es que el bandido la saque barata. Acaba inmolado.

Se pasa la lengua por el irritado labio inferior. ¿Para qué quiere uno tener bolsillo y salud? Sabe que hay medidas banales, como la del pene o las tetas, pero la más banal es la del bolsillo. Y la salud es algo que no dura para siempre, por más que le duela a algunos.

Qué idiota sería si midiera mi bolsillo, o si quisiera congelar el giro de una rueda.

El cigarro vuelve y con él la tranquilidad. Le encantaría tener uno entre pulgar e índice, incluso ahora, con dolor de cabeza y todo. Tres aspirinas al hilo y todavía no se libra de la punzada en la mollera. Cree que es por el calor, no puede ser que tenga fiebre de nuevo. La chica del delantal le advirtió que no se quitara el albornoz, que hacía frío afuera y la brisa podía caerle horrible. ¿Pero qué sabe la chica del delantal?

—Ni una mierda.

Pasas todo el día enfermo.

—No molestes, mamá.

Es porque fumas todo el día y no comes bien.

—Me comí las papas y el zapallo a la hora de almuerzo. Y sabes que no me gusta nada la comida que sirven aquí. Deberías entender que…

¿Y aquel armatoste, de dónde salió? Sentado en uno de los escaños mal pintados descansa un viejo de generosa barriga. Parece dormido, por no decir aniquilado. Intenta recordar si le vio al salir a la terraza. No, debió haber salido después. Difícil pregunta. Su memoria es algo de lo que ya no puede fiarse.

Imagina un cartón de tabaco en su mano izquierda. El cigarro te da cáncer.

—¿Quieres darme cáncer, pequeñín? ¿Y qué tal si te quemo la cabeza?

Le palpitan las sienes. El sol debe estar enojado con alguien.

Burbujas ínfimas bailotean sobre el mar negro atrapado en la botella. Nada como un refresco en estos días de calor. Levanta la bebida, pero no la toma bien y se le resbala de los dedos. Baja la vista a la par que maldice. Ve el brebaje huyendo a borbotones del envase plástico, formando un charco, Tssss, sobre los tablones de madera.

Se dirige al viejo panzón:

—Qué puto lío, ¿no? Si estuviera mi madre diría que soy torpe e imbécil. Pero no está viva, ¿sabes? La muy puta, con bolsillo y salud —dice esto y se parte de la risa, esperando contagiar de guasa al vejestorio.

Pero al viejo no le hace ni pizca de gracia. Parece una inmensa pasa deforme y estúpida. Bien podría estar muerto y ninguna chica con delantal lo sabe.

Ríe un par de segundos más y pisa el freno a fondo. Hay fuego en sus pulmones. Saca un pañuelo desechable, se lo lleva a la resquemada boca y carraspea como si tuviera un alambre atascado en la garganta.

Tres gotas de sangre menos que ayer.

—Debe ser por la comida. Estoy más sano que nunca.

Arruga el pañuelo y lo deja en manos de la gravedad, no sin antes salvar el cigarro impoluto que acaba de toser.

De ese debate que ya está perdido

Que el soldado muerto en batalla no se queja con el fusil ni con la munición, si no con su deficiente puntería. Será que el patriotismo, el orgullo en medida venenosa y sin dirección congruente, ha diezmado hasta la última gota de buen criterio, y al adivinarse superado por la hueste enemiga el escape se le antoja un acto de lo más vil.

Cuestión de honor, le dicen. Morir con las botas puestas.

Libertad

Escribia livro con uve. No le caia muy bien la tilde. Las comas se las guardaba porque decia que era mejor tener de sobra. Todo el mundo sabe que se pueden acabar. Y los puntos bueno tenia esta extraña mania de usar solo cinco puntos por texto.

Solo escribe I

—¿Tu personaje principal tiene los ojos verdes? No sé, me sabe un poco a actor de Hollywood. Estamos hablando de un barrio pobre en algún suburbio perdido en el que la gente se mata a machetazos por un simple empujoncito. Al menos ese es el contexto en el que está envuelto este ojitos verdes, según lo que leo. Me parece increíble que a estas alturas, página veintitrés, nadie le haya arrancado los ojos para venderlos.

—Le cambio el color, entonces.

—Creo que me he expresado mal. Deberías cambiar este manuscrito por completo. Dale a ese maldito personaje principal algo que valga la pena. Puede ser algo malo, o repulsivo, como ser adicto a la masturbación. Quiero decir, adicto al extremo de sacar humo y quemar carne. No conozco muchos personajes que tengan esa marca registrada.

—¿Y contra quién combate alguien así? No es interesante.

—¿Quién dice que debe combatir contra alguien? Algunas historias carecen de villanos, incluso de trabas. Dale un poco de porno a esa manita y ve como se desenvuelve en las páginas siguientes.

—No sé, ah.

—Solo escribe, hombre.

 

Hey, ¿me lees aún? Así es cómo empezó este asunto del ojitos verdes, adicto a la masturbación. Sé que suena complicado, o quizá interesante. Maldita sea, ya puedo sentir las teclas bajo mis dedos. La verdad es que tengo algunas ideas pero… Espera, acércate un poco más, que quiero decirte algo al oído: mentiría si dijera que no me asusta el reto.

El sastre

El Sastre

Con cuidado para que no se le cayeran los alfileres, continuó con el pulso firme hasta la última costura. La boca ya estaba lista, así que ahora daba lo mismo si se despertaba. Le sería imposible gritar.

 

Ilustración: Catalina Fuentes.

Madrugada

Huele a sangre y a cenizas. Mi existencia se zambulle bajo el peso del óbito y atrinchera la cabeza entre sus manos embarradas. Escucha la hueste que se acerca, le reza  al dios que esté más cerca y le pide por favor que el perdigón rebelde silbe lejos de su nuca.

«Put that god damn cigarette out!»

Y mis pupilas de vuelta a la habitación. Las incógnitas se desprenden como lágrimas cuando las calles se inundan de ámbar. Afortunados los que hallan bálsamo en la almohada y sotierran dudas, yo me desvelo por las noches repasando cada una de ellas.

Disculpa,

Pudo haber sido una bonita conversación, si su lengua torpe no se hubiera trabado al comienzo. No le quedó otra que fantasear sobre la imagen de ella sentada a escasos metros de él, cayendo por completo en las telarañas de su ficticio encanto.

Ahora, un poco más fresco, piensa que sería bueno practicar algunos diálogos. Solo por si hiciera falta. Aunque es mínima la posibilidad, casi nula, de que una chica así de linda le vuelva a dirigir la palabra, practica unos «Hola» y unos «qué invierno más helado, ¿no te parece?».

Eso y siempre tener a mano un reloj, por si le vuelven a preguntar la hora.