Fuck it

No sé porque hablarle al papel. Parezco loco y, francamente, el desgraciado nunca ha soltado nada útil. Todo ese rollo de las musas del que muchos hablan, esos momentos de creatividad, esa idea maestra que aparece mientras te enjabonas el vello púbico en la ducha. Toda esa divagación constituye un insulto para aquellos que realmente escriben. Bull shit, cuentos de hadas. Aquí lo que manda es la disciplina, la resistencia, la mente siempre en guardia.

¿Qué quiere de mí el papelito, chuparme toda la energía acaso? Pues lo está consiguiendo. Ya he sufrido bastante. Varios cafés a deshora y todo el tiempo libre que tengo. ¿Qué más quiere? Pienso que si no me dice nada, debe ser porque se hace el interesante. ¿Y si lo ignoro? Malditos folios. Tienen ojitos sólo para las musas feas, que atraen esas ideas trilladas que se prostituyen en el borrador. ¿Para eso me quiere el bastardo, de mediador, de calmaculos? No sé, de huevón tengo más de una pizca, si a veces escribo una pieza y creo que tengo entre mis manos una genialidad. Resulta que, a la mañana siguiente, sobrio, decido analizar lo que he creado, y mi asombro es mayúsculo cuando veo lo que he hecho. What have i done. Como para ponerse en posición fetal y chuparse el pulgar.

Aniquilo una palabra con la furia justiciera del lápiz, luego un fragmento, pasan unos minutos y, sorpresa ¡Todo es basura!

Y pensar que después hay que organizar desde las cenizas, juntando cada idea mala, y batallar para poder suplir los vacíos del texto, contando palabras sin sentido, todo para llegar a las tantas que pide el concurso o el editor. Algunos con suerte pueden mantener bien el equilibrio en un micro. Otros no saben ni en dónde están parados y se lanzan de lleno a la novela, sector de agua turbia y lleno de tiburones. ¿Ejemplos de este espécimen de escritor? Yo, por supuesto. Trescientas páginas y pico y ya olvidé el nombre del protagonista, qué debía hacer en un principio, y que lo atropelló un camión de helados en la página trece.


Chocolito

—Disculpe mi atrevimiento, pero debo decir que sus libros huelen horrible. Como a café, y uno de mala calidad.

Carlos miró a Venegas sin disimular su hastío.

—¿Y este huevón, quién es?

Bastián hizo ademán de saltar de su asiento a defender a su invitado, pero éste le hizo una seña con la mano, queriendo explicar que tenía todo bajo control. Bastián se acomodó en su asiento y esperó a que así fuera.

—La palabra huevón es pintoresca, ¿no? Todo depende del contexto. Supongo que usted no ha tenido ánimos de ofenderme.

—Todo lo contrario, mi lord —replicó Carlos, irónico.

—Me llamo Arturo Luís Venegas, pero puede referirse a mí persona como Veg. Espero no haber herido su hombría al señalar el pobre estado de sus libros.

«Se pondrá más incómodo» pensó Bastián.

Carlos arremetió de nuevo:

—Es bonito saber su nombre, y ya no se moleste en decirme quién es. Debe ser alguna rata cartucha, policía de las buenas letras o qué sé yo. Un loco.

—Pero qué buen uso de la lengua emplea este caballero. ¿Escuchó eso, Bastián? Rata cartucha —dijo, dándole énfasis a las últimas palabras—. Espero, por su propio bien, que se retracte de inmediato, a no ser que quiera ser retado a un duelo.

Carlos lo miró atónito, dobló su cuerpo sobre su vientre y estalló en una estridente carcajada.

—Este tipo no puede ser real —decía con lágrimas en los ojos—. ¿Un duelo? Devuélvete al siglo XV y déjame en paz, pedazo de imbécil.

—No me gusta llegar a los puños, camino de ignorantes, pero me veo en la obligación de lidiar con su falta de carisma, señor. Antes de darle alta tunda, necesito saber su nombre.

—¿Mi nombre? —Preguntó Carlos, con una mueca burlesca en el rostro— ¿Para qué quiere el lord de mierda saber mi nombre?

—Para el epitafio, y unas bonitas flores para la viuda —acotó, mientras desabotonaba los puños de su camisa.

Bastián se dio cuenta de la estrategia típica de Venegas; salirse del libreto e improvisar sobre la marcha. Aquello siempre derivaba en catástrofe, así que saltó de su lugar y se acercó veloz hacia él. Le susurró al oído:

—No seas gil, Arturo. ¿Qué mierda haces?

Venegas hizo caso omiso a la advertencia, quitándose el sombrero de copa y arremangándose hasta los codos. Carlos veía la escena a tres metros, entre divertido y preocupado. Pensaba en la última riña que había tenido. Diez o quince años atrás, contra un compañero de curso en el liceo. Había terminado con un ojo en tinta y varios moretones en las costillas, mucho peor que su rival, quien salió de la pelea con apenas un rasguño en la ceja. Vio que el invitado de Bastián adquiría una pose confiada y suelta, de púgil experimentado, aquello cambió el motivo de su risa. Ahora la esbozaba por nerviosismo y, sin darse cuenta, retrocedió unos pasos.

—¿Peleará usted por su honor, o es acaso un inconsecuente? —Soltó Venegas, ya listo para la disputa—. ¡No hay nada más vil y asqueroso que un cobarde!

Carlos tragó saliva, visiblemente preocupado. Balbuceó una excusa al ver que Venegas subía ambos brazos, listo para un round.

—No voy a gastar mi tiempo en este gil de poca monta. Váyanse antes de que llame a los pacos.

***

Bastián Saluzi y Arturo Venegas se comían un Chocolito sentados sobre la cuneta, a pocas cuadras del lugar en el que habían montado escenita, frente al Kiosco Los Bellísimos. Un velo de sombras cubría el cielo, acentuando el gris de las calles de una Ñuñoa aterida. Pasaban pocas personas, menos autos.

—¿No hubiera sido mejor hablar bien con él, ganarse su confianza? Qué sé yo, algo más inteligente. Ahora Carlos es un blanco fuera de nuestro alcance.

—Tanteaba el terreno, estimado. Ahora sabemos que es un ablandabrevas. Parece que era cierta toda esa historia de la pelea y la zurra que le dieron.

—Así parece. ¿Oye, y esa pose de boxeo?

—Digamos que mi abuelo era un fanfarrón y, de tal palo, tal astilla.

—¿Era un bluff? ¿Y qué pasa si te aceptaba la pelea?

—Esa es la gracia, compañero—Dijo, y le dio un mordisco a su helado—. El fanfarrón elige a los que no aceptan.


Turno de noche

Oía pasos en el primer piso.
Había atrincherado el último trozo de vela con las palmas. La cera se había derramado entre sus dedos ateridos y solidificó en turbias estalactitas. Sobre su piel se había moldeado un pequeño cerro opaco de cuerpo irregular, coronado por el fulgor mortecino. No se atrevía a manipular el velamen, la pequeña llama describía curvas frágiles, amenazando con apagarse.
Creyó escuchar a alguien bajando por las escaleras. Aguzó el oído y confirmó, horrorizado, como los peldaños de madera crujían bajo furiosas pisadas.
Silencio.
Sus negras cavilaciones se materializaron en un jadeo entrecortado. Ahogaba el llanto, sintiendo el ácido del terror subiendo por su garganta.
Algo arañaba la puerta.
¿Había asegurado con cerrojo? No quiso recordar.
Cerró los ojos.
Podía oler un intenso hedor a podrido, como de cadáveres. Escuchó el quejido de los goznes, la puerta abriéndose.
«Hay cadáveres» recordó, pensando en su esposa e hijo.
Asió la vela hasta la altura de su pecho y entornó los ojos, pudiendo ver apenas detrás de la cortina de lágrimas. Las sombras rielaron hasta él, la llama de la vela ya muriéndose. Pidió perdón, pero sus suplicas no fueron escuchadas. El último centímetro de cordura que le quedaba fue tragado por la oscuridad.

Cuando cae la noche se escuchan gritos en los pasillos del hospital psiquiátrico. Gritos de un hombre que padece de terribles alucinaciones. El guardia de turno, pensando en un trabajo más placentero, ignora el lamento desesperado y, en un intento por camuflar la esquizofrenia, le sube el volumen a su teleserie nocturna.


Chimenea

Va trazando una historia con el cuaderno apoyado en ambas piernas, posición india, primera fila en el último espectáculo del calor, otrora erradicando el temblor de sus carnes. En la cúspide de su cavilación las imágenes van y vienen, como los saludos y su iteración en fiestas concurridas. Se siente pobre de palabras y le pide perdón a las musas, que algo intentan arreglar entre tanto recoveco infructuoso. Ya no hay chisporroteo. El frío adquiere valentía. Se levanta pues, y se estira cual felino. Las últimas brazas las usa para calentarse la palma de las manos. Se cala el lápiz sobre la oreja y cierra su portal.


Caja de sorpresas I

I

Le irritaba esa fachada que tenía. Ese caminar presuntuoso, de pantalón caído y cadena al bolsillo, de capuchón calado hasta las cejas y cilindro entre los labios, accesorio que no podía faltar en su repertorio de bad ass trunco. Caminaban por las calles de una Ñuñoa adormecida y silente. El taller de fútbol se había extendido hasta tarde ese día, ad portas de la gran apertura del campeonato inter-escolar. Ariel se había percatado de todo lo que había corrido Alfredo en la cancha. De seguro estaba molido. Lo veía cojeando de una pata, de hecho. Del análisis del objetivo también se desprendió la presencia de abultados audífonos bajo la capucha, probablemente con rap hardcore a toda pastilla. Pensó que todos esos detalles, aunque nimios a simple vista, se juntarían en el lienzo final y le facilitarían la tarea.

Iba con mucha ventaja al asalto, tónica habitual. Le daba garantía en caso de problemas. Él, más que nadie, sabía lo impredecible que puede ser la acción de alguien acorralado. Cuando toca el momento de matar o morir el “todo vale” se convierte en un arma de doble filo. Había un sinfín de posibles variantes, positivas y negativas. Ariel obedecía al primer conjunto en una deuda con la lógica, dando rienda suelta a sus bizarras fantasías en el espectro del desastre. La incertidumbre lo extasiaba y le ponía de buen humor, como si se tratase de una droga. Vivía para ese pequeño momento en vilo, la musa de sus tretas. Le sonreía a la noche, al abrigo de pícaras estrellas artificiales. Quedaban 3 cuadras.

II

Arrugó la colilla de su cigarro y la dejó caer. Estaba absorto en el sample, pensando en el último taller de fútbol ¡Qué gran partido de entrenamiento había sido el de hoy! Sus rivales, fueran quienes fueran, caerían derrotados el Domingo. No había duda, su equipo iba a golear y el sería el responsable de todos los tantos. Había pensado en llevar un poco de cerveza para el partido inaugural. El objetivo era crear una suerte de ritual antes de los encuentros, con la intención oculta de dejar expuesto al huevón de Villanueva. Recordó, con cierto ápice de amargura, lo vivido en los vestidores del gimnasio, meses atrás y minutos antes de jugar contra los de segundo medio.

Alfredo esperó a que todos estuvieran en los vestidores y entonces extrajo de su bolso una petaca llena de ron. Al principio varios declinaron la oferta, pero la negativa no tardaba en prostituirse ante la torrencial lluvia de «uuuuy, terrible maricón», propinada a todo aquel que no quisiera sumarse a la fiesta. Incluso Elías, el más tímido, se vio obligado a tomar un pequeño sorbo para que cesaran los insultos, y se ganó la desagradable risotada general cuando vieron la cara de asco que había puesto. En un par de minutos todos habían probado de la petaca. Todos menos Villanueva, que no se dejó amedrentar por las burlas de sus compañeros. Alfredo fue el que más insultos le regaló, llevando de paseo a la madre tantas veces que perdió la cuenta. En el clamor del bullicio, se acercó envalentonado a Villanueva, sin poder creer que alguien fuera inmune a la desaprobación de sus pares, e hizo ademán de tirársele encima y golpearlo si es que elegía no tomar de la petaca. El aludido le dedicó una mirada fría y calculadora, intentando decir que, si se atrevía a ponerle una mano encima, recibiría el golpe de vuelta y con intereses.

El profesor del taller se había atrasado unos minutos a la cita, alcanzando a escuchar apenas el final de un tropel de improperios que hacía eco dentro de los vestidores. Entró y vio a un exaltado Alfredo Trejos, petaca en mano, cara enrojecida y venas hinchadas a lo largo del cuello, a punto de agredir a uno de sus compañeros. Fue llevado de un brazo a inspectoría y a duras penas se salvó de la expulsión.

Alfredo trabó la mandíbula y frunció ambos puños con rabia. Le caía mal ese Villanueva. «Un día de estos lo dejaré como un imbécil frente a todos», pensó. Lo humillaría como nunca antes lo habían humillado. Fantaseando podía saciar un poco la sed de venganza, y así pasó las dos cuadras siguientes hasta enderezar su pensamiento, maquinando planes que nunca llegaría a ejecutar.

III

La calzada en la que ahora se adentraba lucía más apagada que de costumbre. Se dio cuenta de que, a lo lejos y en ambas veredas, algunas luminarias no funcionaban, formando un inmenso claro de sombras en la mitad de la cuadra. Hubiera enfilado por otra calle, pero Alfredo no era ningún cobarde, mucho menos si cabía la posibilidad de que alguien le viera cambiando el rumbo por una breve caminata en la oscuridad. No pasaba nada, seguiría por el camino de siempre. Volvió su atención a los quejidos de su cuerpo. No había extremidad que no doliera. Quizá se había esforzado más de la cuenta. Si jugaba al límite incluso en los entrenamientos, no estaría en condiciones aptas para los partidos que valían. Se recordó que debía tener más cuidado, a no ser que quisiera ver la acción desde el banquillo, donde tipos como Villanueva pasan esperando el torneo completo. Sentía los labios salados y el pelo tieso como si fuera paja. Llegaría a darse una ducha caliente y fumaría un poco de marihuana, robada del cajón de su papá.

Por lo menos ese era el plan que tenía en mente.

IV

No sonaron los últimos segundos de la canción les perdimos el respeto, de Pasta nostra. Alfredo frenó en seco y sacó su mp4. La diminuta pantalla alcanzó a enseñar una batería vacía antes de apagarse por completo. Maldijo por lo bajo y se sacó los audífonos. La oscuridad había caído sobre Alfredo. Alzó la vista y pudo distinguir, de entre las ramas largas de un plátano oriental y el denso cableado eléctrico, un foco astillado. Pasando por ese acto de vandalismo, la oscuridad crecía, haciéndole imposible el estudio de las siguientes luminarias. El vacío era total, la visibilidad casi nula. Alguien las había roto. No imaginaba quién, ni por qué. Sintió un ligero escalofrío susurrándole en la nuca. Aceleró el paso.

V

El blanco iba aprisa, casi al trote. Acortó la distancia, quedando a escasos metros de él. Se caló el pasamontañas y agarró un poco de vuelo, pensando que la luna de Santiago no se molesta en guiar el camino de nadie.

VI

Alfredo Trejos cayó sin control hacia un fárrago de penumbra y acritud, sin tiempo de reaccionar. Su rostro amortiguó la dura sacudida, lijando la carne de los labios y la frente como si fueran papel. Escuchó como el mp4 y los audífonos salían catapultados calle arriba, perdiéndose en un feroz movimiento. Sus músculos agarrotados se demoraron en asimilar el peligro. Intentó corregir su postura, acción que sólo ayudó a a su verdugo a colocar mejor la desmedida patada que ya había iniciado trayectoria. Sintió un golpe apisonador en las costillas que lo desinfló de un pinchazo. El dolor se extendió por toda su delantera y bajo hasta las ijadas. Se agarró el torso como pudo y se tumbó rendido, sin entender qué estaba pasando. El instinto le dijo que protegiera su cabeza. Delegó uno de sus acalambrados brazos a la tarea de esconder su cráneo, pero no llegaría a tiempo. Escuchó un violento silbido camuflado en la penumbra. Era un fierro cortando a toda prisa el gélido viento de Agosto. La herramienta estalló como un ladrillazo en la oreja izquierda de Alfredo, errándole por poco a los ojos. Ahogó un grito y su voz pasó a ser un hilo de jadeos entrecortados. Atinó a describir un ovillo con su cuerpo y defendió como pudo sus órganos vitales, deseando tener más extremidades para usar a modo de escudo. Un pitido agudo retumbaba dentro de su cabeza, rebotando de sien a sien. La sangre cálida brotaba de su oreja, y ya podía saborear la que se resbalaba por sus encías. Sentía fiebre y pinchazos de dolor detrás de las córneas. Recibió otra envite, esta vez un rodillazo en la espalda, atenuando el trauma en los pulmones. Apenas podía respirar. El pecho le ardía y cada vertebra de su columna parecía estar compuesta de puro sufrimiento. Comenzó a sollozar, y adivinó un espasmo muscular que recorría cada centimetro de su cuerpo. Se sintió frágil como el cristal de las luminarias. Violado, quebrado y reducido. Suplicó en un lastimero llanto que le dejaran en paz, que no tenía nada. Rogó por migajas de clemencia a la oscuridad por segundos que le parecieron eternos. Tardó un poco en descubrir la huída de su agresor. Ya no recibía golpes.

Intentando frenar un poco el temblor de su existencia pudo ver, como quién ve luz al final de un túnel, la protección del ámbar en la esquina de la cuadra. Se incorporó y miró en todas direcciones, listo para poner pies en polvorosa. Penumbra, y el sutil dialogo entre la brisa invernal y las hojas de los plátanos orientales. Jadeaba. Sus lágrimas se habían mezclado con la sal de su piel y se colaban en la profundidad de sus heridas. La entrepierna fría y mojada, los musculos y la espalda gritando de dolor. El chiflido en su oído había perdido intensidad, pero se mostraba terco en la retirada. Su polerón olía a tierra y su pantalón a humillación. No había nadie más que él. Había sido atropellado por un fantasma.


Dientes

Despertó con la boca seca y la desagradable sensación de que sus dientes eran de vidrio. Había soñado que se le caían todos al mismo tiempo, después de haber perdido la disputa contra un pedazo de bistec recocido. Masticó con suavidad, sintiendo cierto bálsamo al comprobar que sus dientes estaban donde debían. Algunos un poco chuecos y cariados, pero pegados a las encías a fin de cuentas. No obstante, le fue imposible ignorar el fétido hedor que manaba de sus fauces, sabor áspero, residuos restantes de una noche fumando como si se tuviera posesión de las últimas tres cajetillas de Marlboro en el planeta. Se zafó del fárrago de sábanas. Estranguló la erección mañanera con el elástico de su bóxer y se fue de paseo al baño. Tomó agua del grifo e hizo varias gárgaras. Se lavó los dientes, cabizbajo, tratando de eliminar el recuerdo tóxico del vicio. Evadió el rutinario saludo con su otro yo, atrapado en el espejo, y se enjuagó cuatro veces con agua tibia. Sintiéndose un poco más fresco, se volteó hacia la bañera.

El cuerpo de Sandra Veli había palidecido. Toda la sangre debía estar coagulada en su espalda, pensó. Las costras de color carmesí sobre los cerámicos eran el único trazo que parecía real en tan retorcido cuadro. Aquello lo arrastraba de manera inexorable hacia su último error.

Sandra, Sandra, Sandra… Ayer, seductora y de mirada lasciva, provocadora y coqueta. Llena de vida. Hoy, muda y carente de gracia, al descubierto, de pelo desgreñado y extremidades parecidas a las de una muñeca articulada. Muerta. Susurró una de las citas de Gabriel Ducli: «De esas mujeres que se esfuerzan por ser bellas, y terminan siendo delatadas por un gesto. El mayor error, sin embargo, es pensar que se puede asegurar el puesto en el pedestal».

—Mi más sincera disculpa, Sandra, por empujarte del pedestal —le dijo. Corrió la cortina plástica, se bajó el bóxer hasta las rodillas y se sentó en su trono de porcelana—. Tranquila, no es lo que parece. Me gusta mear sentado, y soy de los que dejan la tapa abajo cuando terminan.


Equilibrio

Me veo haciendo equilibrio entre una línea muy fina, casi imperceptible, entre la culpa y el deseo. Será que puedo volar, o entendí como arreglármelas en el desbarajuste absoluto. Me ahorro las ganas de escribir lo difícil que es esta ilusión. Caminos intrincados y efímeros que caben en la punta de mi pluma; algo así debe estar pasando bajo este espectro. Algunas decisiones las tomé con el consuelo de que, haga lo que haga, no soy más que una huella en la nieve, el susurro helado del viento en tierra lejana, cuya existencia todos dudan. Han intentado darle nombre; Dios, Ciencia, Nada, incluso Poesía. Bajo esta premisa es imposible errar, o errar pierde por completo su entonación terrible, anulándose en el acto. Si fueramos una carta, sin duda alguna seríamos la roue de fortune. Sólo somos un ciclo que, por alguna iteración que va más allá de nuestra comprensión, tuvo que ser. Y éste movimiento en el que estamos haciendo malabares para no fracasar, algún día detendrá su pulseo con el tiempo y descansará hasta nuevo aviso. Algunos cortan de súbito ese hilo del que penden. Y parece tan suyo el derecho, y la caída, incluso el concreto que ha de acabar con ellos, que se llega a confundir entre dos palabras cuya enemistad se mantendrá férrea, no sino hasta que alguien de prueba irrefutable de la tampa y su origen, ya sea en elegir, o en ser parte de un mecánismo superior llamado destino.

Estas imágenes que veo y siento, fugaces como un chispazo, o chasquear los dedos, o un pestañeo que nadie ve. Son ideas sueltas que me dejan al desnudo, evidenciando mi condición comprometida hacia la vida, y la tan vaga definición con la que el ser humano la ha vestido.


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