Era de noche I

Me pregunto qué pasaría si le reviento la mejilla de un cachetazo. La noche no pararía mientes, estoy casi seguro. Y digo casi porque no importa en qué cloaca te hayas metido ni qué tan hondo estés, siempre hay un par de ojos. Las ambarinas podrían titilar, asustadas por el impacto. Las murallas, dar aviso a carabineros, y decirle al uniforme que oyeron un balazo. Un maldito relámpago, me gustaría decir. Pero qué estruendo más delicioso, justo en el rostro de aquella zorra.

El chiste es que sigue creyendo que tiene brazas al rojo bajo mis testículos. Bueno, quizá no esté del todo equivocada. Quizá caí en su gambito danés. Por incauto. Por querer apresurar un vals. Sí, yo huelo a bencina, pero ella tiene el bidón al lado.

Siento algo cercano a la paz, acaso la última granada en las manos de un mártir. Y aquí está la manida boca de esa putita, a un metro de distancia, ignorando que ando con ganas de hacer una clavada de esas que desfiguran el aro.

Me pregunto qué pasaría si le reviento la mejilla de un cachetazo. Sería increíble ver una lluvia de esquirlas y, de fondo, escuchar la fanaticada clamando mi nombre. Supongo que puedo imaginarme lo segundo.

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Era de noche I

El sastre

El Sastre

Con cuidado para que no se le cayeran los alfileres, continuó con el pulso firme hasta la última costura. La boca ya estaba lista, así que ahora daba lo mismo si se despertaba. Le sería imposible gritar.

 

Ilustración por Catalina Fuentes

El sastre

Madrugada

Huele a sangre y a cenizas. Mi existencia se zambulle bajo el peso del óbito y atrinchera la cabeza entre sus manos embarradas. Escucha el temblor de la centuria enemiga, le reza al dios que está más cerca y le pide por favor que el perdigón rebelde silbe lejos de su nuca.

«Put that god damn cigarette out!»

Y mis pupilas de vuelta a la habitación. Las incógnitas se desprenden como lágrimas cuando las calles se inundan de ámbar. Afortunados los que hallan bálsamo en la almohada y sotierran dudas, yo me desvelo por las noches repasando cada una de ellas.

Madrugada

Me preguntan

Cómo va la escritura, me preguntan, como si supiera. Lo que menos trae el acto de escribir son certezas, por lo menos para un alquimista sin ni un gramo de oro en sus bolsillos. Respondo un solo bien, desconfiado y evasivo. Un escudo de cristal, si el que pregunta muestra interés real por lo que vaya a decir.

Pero si me contaron que era escritor,

Siempre que me preguntan digo que la cosa va bien, aunque esté mejor que eso o lleve tres meses sin saber qué mierda ofrecerle a los folios.

debería poder al menos articular dos o tres palabras seguidas,

A veces sufro pensando que aquel dialogo vacío y hueco, ritual social que tanto me cuesta entender, es el pedazo de felicidad que ando buscando. Ve tú a saber, quizá algún día tenga el coraje suficiente para explicarle a la gente que, en realidad, no soy tan bueno con las palabras.

¿no?

Me preguntan

Dulces de anís

Despertó con la boca seca y un leve gusto salobre en las encías. Aún flotaban sobre la almohada fragmentos de pesadilla: Una pequeña disputa con un pedazo de bistec carbonizado. Los dientes flojos cayendo con el roce de su lengua áspera. Música de Ennio Morricone. Esa mujer de pelo corto susurrándole algo sobre la cuenta, que ella pagaba la cena.

Con suavidad masticó y logró calmarse un poco. Sintió bálsamo al comprobar que sus dientes seguían donde mismo. Sin embargo, lo alarmó el hedor fétido que manaba de sus fauces, residuos de una noche fumando como si hubiera estado en posesión de las últimas dos cajetillas de Marlboro en el planeta. Se libró del fárrago que eran las sábanas, estranguló la erección mañanera con el elástico del bóxer y se fue de paseo al baño. Tomó agua del grifo e hizo varias gárgaras. Se lavó los dientes, cabizbajo, tratando de eliminar el recuerdo tóxico del vicio. Se enjuagó con agua tibia para calmar el dolor y centró su atención en la espuma rosa que ya se iba por el drenaje.

Recuerda unos versos de su poemario favorito; Los burdos caprichos de mi gato japonés, de Gabriel Ducli. Le presta atención a lo que hay en su bañera. Sus pupilas se esfuerzan por crear una copia fiable de la imagen: El cerebro es el único lugar seguro para almacenar cosas.

—Tan seductora, de mirada lasciva y sonrisa pícara. Y tus manos coquetas, llenas de vida…

El resto del poema se lo lleva un bostezo que huele a sangre.

Dulces de anís