Libertad

Escribia livro con uve. No le caia muy bien la tilde. Las comas se las guardaba porque decia que era mejor tener de sobra. Todo el mundo sabe que se pueden acabar. Y los puntos bueno tenia esta extraña mania de usar solo cinco puntos por texto.

Solo escribe I

—¿Tu personaje principal tiene los ojos verdes? No sé, me sabe un poco a actor de Hollywood. Estamos hablando de un barrio pobre en algún suburbio perdido en el que la gente se mata a machetazos por un simple empujoncito. Al menos ese es el contexto en el que está envuelto este ojitos verdes, según lo que leo. Me parece increíble que a estas alturas, página veintitrés, nadie le haya arrancado los ojos para venderlos.

—Le cambio el color, entonces.

—Creo que me he expresado mal. Deberías cambiar este manuscrito por completo. Dale a ese maldito personaje principal algo que valga la pena. Puede ser algo malo, o repulsivo, como ser adicto a la masturbación. Quiero decir, adicto al extremo de sacar humo y quemar carne. No conozco muchos personajes que tengan esa marca registrada.

—¿Y contra quién combate alguien así? No es interesante.

—¿Quién dice que debe combatir contra alguien? Algunas historias carecen de villanos, incluso de trabas. Dale un poco de porno a esa manita y ve como se desenvuelve en las páginas siguientes.

—No sé, ah.

—Solo escribe, hombre.

 

Hey, ¿me lees aún? Así es cómo empezó este asunto del ojitos verdes, adicto a la masturbación. Sé que suena complicado, o quizá interesante. Maldita sea, ya puedo sentir las teclas bajo mis dedos. La verdad es que tengo algunas ideas pero… Espera, acércate un poco más, que quiero decirte algo al oído: mentiría si dijera que no me asusta el reto.

El sastre

El Sastre

Con cuidado para que no se le cayeran los alfileres, continuó con el pulso firme hasta la última costura. La boca ya estaba lista, así que ahora daba lo mismo si se despertaba. Le sería imposible gritar.

 

Ilustración: Catalina Fuentes.

Madrugada

Huele a sangre y a cenizas. Mi existencia se zambulle bajo el peso del óbito y atrinchera la cabeza entre sus manos embarradas. Escucha la hueste que se acerca, le reza  al dios que esté más cerca y le pide por favor que el perdigón rebelde silbe lejos de su nuca.

«Put that god damn cigarette out!»

Y mis pupilas de vuelta a la habitación. Las incógnitas se desprenden como lágrimas cuando las calles se inundan de ámbar. Afortunados los que hallan bálsamo en la almohada y sotierran dudas, yo me desvelo por las noches repasando cada una de ellas.

Disculpa,

Pudo haber sido una bonita conversación, si su lengua torpe no se hubiera trabado al comienzo. No le quedó otra que fantasear sobre la imagen de ella sentada a escasos metros de él, cayendo por completo en las telarañas de su ficticio encanto.

Ahora, un poco más fresco, piensa que sería bueno practicar algunos diálogos. Solo por si hiciera falta. Aunque es mínima la posibilidad, casi nula, de que una chica así de linda le vuelva a dirigir la palabra, practica unos «Hola» y unos «qué invierno más helado, ¿no te parece?».

Eso y siempre tener a mano un reloj, por si le vuelven a preguntar la hora.

Aspirinas

La luz de la vela se vierte sobre sus agallas de aluminio, tiñéndolas de ámbar. Su cuerpo corvo y crepitante al roce le recuerda que debe cambiar sus viejas costumbres. Empieza a pensar que dos aspirinas no son suficiente dosis para calmar ningún dolor.

Intenta recordar, sin éxito, aquella idea tan genial que le saludó en sueños, dejando rastros en los primeros minutos de almohada caliente y pieza helada. Su relación con la escritura, aunque inevitable, se ha tornado una batalla constante estos últimos días.

Le echa un vistazo al libro que tiene en el velador. Bestiario. Lo abre justo en la mitad y levanta el ejemplar a la altura de la nariz. La buena literatura tiene hasta un bonito aroma. ¿Quién sino un amante de letras conoce aquel gesto? Un libro de calidad tiene que pasar por estrictos requisitos. Debe mostrarse afable con la yema de los dedos, tener una impresión soberbia, flexible y, aunque algunas editoriales lo olviden, poseer literatura que valga la pena leer.

Piensa siempre en publicar un libro, aunque dicho pensamiento sabotee sus noches, cambiando el sueño por duermevela y angustia. Hojea en retroceso, cierra el portal y revisa la tapa trasera. Ahí se encuentra con Julio Cortázar, blanco y negro, mate en mano. Le mira como diciendo «¿Querés competir?».

—Quizá. Y no te hagas el matón, que voy a la repisa de mi hermana y te pongo junto con los libros de Paulo Coelho.

¿Qué miras? I

Colgué el teléfono e hice algunos cálculos. Habían pasado meses desde la última vez que enrolé un boleto de ida hacia la tierra vicio, el sueño del fumón. Mentiría si dijera que no extraño parte de esos tiempos. Ese verano en el campo, escape temporal del calor pegajoso que ahora tengo que aguantar en la capital. Sí, ha pasado mucho. Andrés, mi viejo amigo, a quien veo una o dos veces al año y siempre por lo mismo, fue directo y claro, como de costumbre.

—Conseguí una marihuana exquisita, mi viejo. ¿Por qué no pasas por quí uno de estos días y fumamos?

La conversación que hay entre el Andrés y yo es de lo más simple. Nos saltamos los saludos, el reporte del clima, el efectivo «cómo estás», y decimos de inmediato lo que nos urge. Y esa urgencia siempre es la misma. Drogarnos y escuchar rock en su casa, que tiene equipado un sistema de sonido no apto para cardiacos.

Recuerdo ese «podría ser» que le respondí. Estuve a poco de elegir un «no, Andrés, intento mantenerme sobrio. La última vez te pasaste de la raya». Me dio hasta risa la respuesta, que no dije, pero igual pensé. ¿Qué diría de mí ese adolecente que fui hace unos años, ese que no sabía diferenciar entre marihuana prensada y un buen cogollo? Me tildaría de viejo excesivo, mala onda o qué sé yo. Sí, el prejuicio es algo que abunda incluso entre los que fuman marihuana.

Me gusta creer que ahora tengo cosas que hacer. Cosas más importantes que fumar y beber y escuchar Queen o Led Zeppelin. En serio, me gusta.

Ah, este tipo, Andrés. Me dieron ganas de preguntarle cómo está.