Último fracaso

Lo único que todavía me importa es el clásico que hay sobre mi mesita de noche. Dentro de Bolsa de viajes, página 31, se esconden tres centímetros bien amigos que pueden congelar el sol, y luego un silencio por encima de cualquier mortal o derivación del mismo.

Tengo que maniobrar con astucia. No tengo pensado soltar el timón, debo trazar con precisión lo poco que queda de viaje. Llevo mucho tiempo al remolque de las corrientes. Me pondré algo más tajante con mis acciones y con lo que veo. Muchos quizá, muchos no sé. Divagar es una tortura. Esta celda en la que vivo es estrecha o enorme, depende con qué parte de mí hables. Hay poco margen para sonreír, pero espacio de sobra para que germine una vorágine corrosiva.

Debía escribir, lo sé. Escribir me hacía sentir mejor. Perdón si tiro la toalla después de un round tan mediocre pero, ¿con qué ganas quieres que le hable al papel?, si todo parece un engaño, una broma del más vil gusto. No importa cuánto escriba, lo que siento sigue siendo el mismo borrón gris de siempre. Y lo que pienso ya se vuelve a ir por las ramas. Parece que es lo único por lo que el ser humano vive; irse por las ramas, terminar caminando sobre un alfiler, y bueno, yo solo espero turbar el silencio un breve segundo, solo para arrancar la página 32, por si hace falta. Luego, averiguar qué significa paz.


Me preguntan

Cómo va la escritura, me preguntan, como si supiera. Lo que menos trae el acto de escribir son certezas, por lo menos para un alquimista sin ni un gramo de oro en sus bolsillos. El mundo entero es un espejismo, ¿por qué no habrían de serlo mis letras?

Respondo un solo bien, desconfiado y evasivo. Un escudo de cristal, si el que pregunta muestra interés real por lo que vaya a decir.

Me sé de memoria esa cara que ponen. Me han engañado, porque piensan que el escritor es un ser ingenioso y carismático, alguien con quien puedes tener una charla interesante.

Pero si me contaron que era escritor,

Es cierto, la mayoría son soberbios, a veces de manera injustificada. Perdón si no rebalso labia y nuestro efímero dialogo se convierte en un chasco. Siempre que me preguntan digo que la cosa va bien, aunque esté mejor que eso o aunque lleve tres meses sin saber qué mierda ofrecerle a los folios.

debería poder al menos articular dos o tres palabras seguidas,

Me encantaría, señor, y también sería interesante si alguien alguna vez se atreviera a decir lo que piensa en nuestro primer encuentro. Quizá tendría el valor para explicarle que, en realidad, soy la antítesis de carisma, y que si hay algo que para mí supone un inmenso obstáculo, sería hablar con otra persona.

¿no?


Roble escarlata

Compré un arreglo floral carísimo. Ese es el pensamiento que la mantiene atada al mundo real. Sale de la tienda aprisa. Por alguna razón, avergonzada. Y se le nota en su andar: Camina como si supiera a dónde tiene que ir.

Se olvida de todo, o al menos lo intenta.

Incluso de Benjamín, quien le va tirando de una mano desde que salieron al encuentro de la calle. A mitad de cuadra desiste y frena en seco. Un ápice de molestia se aferra a su garganta. Se agacha hasta quedar cabeza a cabeza con su hijo:

—¿Qué pasa, Benja?

—¿Cómo se llaman esos? —dice, señalando un árbol de hojas vibrantes en la vereda de enfrente. Destacaba del resto de árboles a lo largo de la cuadra. Aquel era un ejemplar recio y audaz, un pincelazo rebelde proclamándose dueño de la acera.

—Ese es un roble escarlata.

—Son bonitos.

La mujer se guarda la sonrisa para después y se levanta. En todo momento vela por su arreglo floral. El carísimo arreglo floral.

Reconoce a dos metros el cartel de la botillería Los bellísimos. Luego adivina el Nissan estacionado cerca de la cuneta, y luego ve los pasos alargados que da su hijo sobre la calzada. No entiende por qué no es capaz de olvidarse de ciertas cosas, por mucho que lo desee.

—Las flores te gustan como el arcoíris.

—Es que los arcoíris son muy bonitos, Benja.

Acomoda las flores en el asiento trasero.

—Quiero que las vea mi papá.

Le ayuda a Benjamín con el cinturón.

—Son para él ¿Crees que le gusten, cierto?

Intercambian una mirada somnolienta, ambos lucen mejillas coloradas.

—Mamá…

—¿Qué? —Alcanza a decir. Un segundo después sus comisuras pierden el pulseo contra la gravedad.

—…Por favor, no tengas penita. Tus ojos se ponen como un roble escarlata cuando tienes penita.

 


Dulces de anís

Despertó con la boca seca, y un leve gusto a sal en las encías. Sus dientes se le antojaron de vidrio. Aún flotaban sobre la almohada fragmentos de pesadilla; una pequeña disputa contra un pedazo de bistec recocido. Sus dientes flojos, cayendo con el roce de su lengua áspera. Música de Ennio Morricone. Una mujer susurrándole algo sobre la cuenta, que ella pagaba la cena.

Masticó en un gesto suave y lento. Sintió bálsamo al comprobar que sus dientes seguían donde mismo, sin embargo, le fue imposible ignorar el hedor fétido que manaba de sus fauces, residuos de una noche fumando como si hubiera estado en posesión de las últimas dos cajetillas de Marlboro en el planeta. Se zafó del fárrago de sábanas. Estranguló la erección mañanera con el elástico del bóxer y se fue de paseo al baño. Tomó agua del grifo e hizo varias gárgaras. Se lavó los dientes, cabizbajo, tratando de eliminar el recuerdo tóxico del vicio. Evitó mirarse en el espejo hasta que hubo terminado. Se enjuagó con agua tibia y centró su atención en la espuma rosa.

Recuerda unos versos de su poemario favorito; Los caprichos de mi gato japonés, de Gabriel Ducli. Le presta atención a lo que hay en su bañera. Sus pupilas se esfuerzan por crear una copia fiable de la imagen, el cerebro es el único lugar seguro para almacenar cosas.

—Tan seductora, de mirada lasciva y sonrisa pícara. Y tus manos coquetas, llenas de vida…

El resto del poema se lo lleva un suspiro.


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