Dulces de anís

Despertó con la boca seca y un leve gusto salobre en las encías. Aún flotaban sobre la almohada fragmentos de pesadilla: Una pequeña disputa con un pedazo de bistec carbonizado. Los dientes flojos cayendo con el roce de su lengua áspera. Música de Ennio Morricone. Esa mujer de pelo corto susurrándole algo sobre la cuenta, que ella pagaba la cena.

Con suavidad masticó y logró calmarse un poco. Sintió bálsamo al comprobar que sus dientes seguían donde mismo. Sin embargo, lo alarmó el hedor fétido que manaba de sus fauces, residuos de una noche fumando como si hubiera estado en posesión de las últimas dos cajetillas de Marlboro en el planeta. Se libró del fárrago que eran las sábanas, estranguló la erección mañanera con el elástico del bóxer y se fue de paseo al baño. Tomó agua del grifo e hizo varias gárgaras. Se lavó los dientes, cabizbajo, tratando de eliminar el recuerdo tóxico del vicio. Se enjuagó con agua tibia para calmar el dolor y centró su atención en la espuma rosa que ya se iba por el drenaje.

Recuerda unos versos de su poemario favorito; Los burdos caprichos de mi gato japonés, de Gabriel Ducli. Le presta atención a lo que hay en su bañera. Sus pupilas se esfuerzan por crear una copia fiable de la imagen: El cerebro es el único lugar seguro para almacenar cosas.

—Tan seductora, de mirada lasciva y sonrisa pícara. Y tus manos coquetas, llenas de vida…

El resto del poema se lo lleva un bostezo que huele a sangre.

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Dulces de anís