El sastre

El Sastre

Con cuidado para que no se le cayeran los alfileres, continuó con el pulso firme hasta la última costura. La boca ya estaba lista, así que ahora daba lo mismo si se despertaba. Le sería imposible gritar.

 

Ilustración por Catalina Fuentes

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El sastre

Madrugada

Huele a sangre y a cenizas. Mi existencia se zambulle bajo el peso del óbito y atrinchera la cabeza entre sus manos embarradas. Escucha el temblor de la centuria enemiga, le reza al dios que está más cerca y le pide por favor que el perdigón rebelde silbe lejos de su nuca.

«Put that god damn cigarette out!»

Y mis pupilas de vuelta a la habitación. Las incógnitas se desprenden como lágrimas cuando las calles se inundan de ámbar. Afortunados los que hallan bálsamo en la almohada y sotierran dudas, yo me desvelo por las noches repasando cada una de ellas.

Madrugada