Aspirinas

La luz de la vela se vierte sobre sus agallas de aluminio, tiñéndolas de ámbar. Su cuerpo corvo y crepitante al roce le recuerda que debe cambiar sus viejas costumbres. Empieza a pensar que dos aspirinas no son suficiente dosis para calmar ningún dolor.

Intenta recordar, sin éxito, aquella idea tan genial que le saludó en sueños, dejando rastros en los primeros minutos de almohada caliente y pieza helada. Su relación con la escritura, aunque inevitable, se ha tornado una batalla constante estos últimos días.

Le echa un vistazo al libro que tiene en el velador. Bestiario. Lo abre justo en la mitad y levanta el ejemplar a la altura de la nariz. La buena literatura tiene hasta un bonito aroma. ¿Quién sino un amante de letras conoce aquel gesto? Un libro de calidad tiene que pasar por estrictos requisítos. Debe mostrarse afable con la yema de los dedos, tener una impresión soberbia, flexible y, aunque algunas editoriales lo olviden, poseer literatura que valga la pena leer.

Hojea en retroceso, cierra el portal y revisa la tapa trasera. Ahí se encuentra con Julio Cortázar, blanco y negro, mate en mano. Le mira como diciendo «¿Querés competir?».

—Quizá. Y no te hagas el matón, que voy a la repisa de mi hermana y te pongo junto con la prosa de Coelho.

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