Enroque largo VII

22 de mayo

Sus ojos eran una réplica exacta. No solo esa impresión de estar viendo piedras en tonos verde azulados, fue que vi el mismo cansancio aferrándose en su mirada, abatida por una enfermedad que no daba ni un minuto de solaz. Disimulé lo mejor que pude y le mostré la tienda como a cualquier otro cliente. De no haber sido por su voz, que era muy diferente a la de mi madre, hubiese pensado que me hallaba delante de ella. Nos despedimos en breve y con algo de dificultad la señora abandonó el local. Luego de eso me encerré en el baño por un momento, luché y fui capaz de reprimir una tristeza que daba por soterrada.

Me fui pensando en eso todo el camino de regreso. No solté ni una lágrima en el biotren, ni una sola cruzando la pasarela. Llegué abatido a mi casa. Metí a duras penas la llave en la cerradura y tuve que apoyarme sobre las rejas. Sentí que se me desplomaban las nubes encima. Lloré como aquella noche mamá, en la que te di un último beso en la frente helada y después cubrí tu cara con las sábanas.

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Enroque largo VI

15 de mayo

En ocasiones siento que las historias se tejen a sí mismas, que la intervención de sus actores no es más que la maniobra premeditada sobre un telar. Podía pasar horas viéndola dibujando ojos y sentía que era algo del destino, que más temprano que tarde, cada trazo hecho en el papel terminaría reflejado en su pupila y luego en la mía. Esos hilos que me arrastraron con ella, me enseñaron cosas. Aprendí con mucho dolor que a veces, la imagen mental que tenemos de alguien dista mucho de lo que realmente es. Todos jugamos a lo mismo. Creemos saber bien las reglas, pero cuando perdemos, miramos en torno y decimos que alguien nos hizo trampa. Tampoco indagamos en el asunto, no es placentero descubrir que nuestra percepción es un cadalso, y la justificación que damos, a menudo termina siendo nuestro reflejo en el filo de la guillotina.

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Enroque largo V

Nos había dado por aprender a jugar cuando vimos la serie Gambito de dama. Éramos muy malos, pero disfrutabamos el ajedrez. Yo hasta hice trampa y vi unos videos a escondidas, para tener algo de ventaja. No era que supiera lo que estaba haciendo pero intentaba siempre jugar a la defensiva. Cuidaba cada una de mis piezas como si tuvieran alma, como si al ser capturadas vivieran un terrible martirio del cual eran conscientes. Ella, en cambio, era mucho más alocada para jugar y estaba dispuesta a todo con tal de aniquilar al enemigo. Le encantaban los sacrificios y enredos tales que al final ni ella entendía bien qué era lo que estaba sucediendo en el tablero. Cuando le desarmaba un ataque prometedor, se aburría de inmediato y dejábamos de jugar. Parece que es cierto eso que dicen, que el estilo de un ajedrecista es similar a la personalidad que uno tiene en la vida real.

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