3 Beneficios de escribir y cómo evitar sus trampas

Beneficios

1. Cuestiona tus ideas, derriba tus dogmas.

A veces nos damos cuenta de lo poco que sabemos acerca de un tema cuando nos sentamos a escribir. ¿Cuándo fue la última vez que escribiste sobre una idea que tuviste, un argumento político o una reflexión filosófica? Sé honesto/a. ¿Qué tan profundo llegaste, o solo rasgaste la superficie? Puede que hayas buscado algo en tus libros o en internet y terminaste engullendo la idea que otro ya había cocinado. ¿Citas la receta, por lo menos? ¿o haces pasar el hurto como idea propia? Escribe sobre ello y luego me cuentas.

2. Escribir puede salvar tu vida

Desplegaste toda tu labia con esa persona que te gusta y aún así te dejó en visto, o peor aún, te bloqueó. Si tu inteligencia emocional es alta puede que te haya dado hasta risa, pero si aquel rechazo te pegó más fuerte que un padrastro borracho, considera escribir algunas líneas a modo de desahogo. Te será más fácil desenredar tus emociones, y si la razón de tu dolor es algo más compleja, puede que escribir te revele nuevas pistas que te acerquen a la raíz de tu conflicto interno, así como a posibles soluciones. Ahora, si tus problemas son graves y/o padeces de un sufrimiento prolongado e intenso, lo mejor que puedes hacer es acudir a un profesional. Pero a lo que voy es; hagas o no una terapia psicológica, el lápiz y el papel siempre serán tus aliados.

3. Te da un empujón en la dirección correcta.

Algunos quieren ser el nuevo hit musical, otros sueñan con tener un circo ambulante de pulgas o, si eres un chiflado como yo, puede que hayas elegido la más terrible de las miserias: querer vivir de lo que escribes. Sea lo que sea, si tienes un objetivo y quieres cumplirlo vas a tener que maquinar una estrategia y un plan. Escribe sobre tus objetivos a corto y largo plazo, sobre las cosas que sabes que tienes que estar haciendo para llegar a donde quieres estar, y sobre lo que debes evadir a toda costa. Tú sabes bien a que me refiero. Al finalizar el día, escribe un resumen. Tus errores, tus aciertos, y lo que puedes hacer para que el día de mañana sea mejor.

Trampas

Primera trampa: la página en blanco

Esto es bastante común. El temido bloqueo al momento de escribir. La solución aquí es entender dos cosas:

  • El borrador no siempre comienza desde el principio: Puedes empezar a escribir una histora desde la mitad o incluso desde el final. También puedes elegir un fragmento aislado. No tiene que ser algo importante, es solo para romper el hielo y tener un punto de partida. Empieza y por favor no mires hacia atrás.

«La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando».

Pablo Picasso
  • No existe un comienzo perfecto, deja de buscarlo: Lo primordial es empezar a escribir para tener algo con lo que puedas trabajar. Ve las palabras como la piedra con la que habla el tallador. Si no hay palabras, no hay nada. No te preocupes si tus borradores son malos. Para eso son, para equivocarte y ver por dónde van los tiros.

Segunda trampa: Caer en la superficialidad

Nos pasa a todos los escritores, algunos más que a otros; enfocarnos demasiado en el ámbito estético de nuestra literatura, en palabras exóticas o florituras que son caviar para los ojos y puede que para el oído también, pero que no significan nada realmente. O quizá significan algo para cierto lector, pero no representan lo que queremos expresar o decir, si es que queremos decir algo en primer lugar y nuestra intención no es poner palabras solo porque se ven bien o suenan poéticas. Para no caer en esta trampa, será preciso que repasemos bien cuál es la idea esencial de nuestro texto —si es que la hay— y entender que a veces, menos es más.

Tercera trampa: No ser preciso, divagar

En la segunda trampa uno camufla las ausencias con maquillaje literario. En la tercera existe una desconexión entre palabras, párrafos, tiempos e ideas, y se puede ver a simple vista. Un antídoto para esta enfermedad podría ser desmenuzar lo que queremos escribir. Asígnale a cada párrafo una palabra o idea clave y asegúrate de que al juntar todo esto se vea el panorama con precisión. Cuando repases el texto, elimina cualquier fragmento que se aleje de tus ideas clave (el vil relleno).

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El error de Áyax

Áyax el grande, conocido como el baluarte de los aqueos, fue un guerrero cuya valentía y coraje eran motivo de admiración y terror, dependiendo del bando en el que se estaba. Pese a no ser un héroe muy astuto, se desenvolvía bien en situaciones críticas y en el campo de batalla solo era superado por Aquiles. Para los que conocen bien las hazañas de este último, el segundo lugar no hace más que enaltecer a Áyax.

Poco después de la muerte de Aquiles se celebran juegos en su honor. Tanto el arma como la armadura divina del difunto son entregados como premio al guerrero más valiente. Existen muchas versiones de este evento, pero lo concreto es que Áyax pierde y las armas son entregadas a Odiseo (Ulises). El veredicto es devastador y acaba siendo el prólogo de un trágico final.

En ojos de Áyax, quien se tenía en muy alta estima, el único guerrero superior a él era Aquiles. Era imposible que Odiseo estuviera siquiera en la misma pintura. Fue tanto el impacto en Áyax, que es consumido por la humillación y posteriormente por la cólera. En su mente maquina una venganza contra los jueces y los líderes griegos, venganza que nunca llega a concretarse, puesto que Atenea lo ataja a tiempo y le infunde la locura por esa noche. En su delirio, Áyax aniquila un ganado completo de vacas y ovejas, y a la mañana siguiente, al recobrar la cordura, se da cuenta de sus terribles actos y siente una vergüenza de la cual es incapaz de reponerse. Como si fuera el último eslabón de una cadena maldita, el héroe entierra su espada desde el mango y se deja caer sobre el filo, encontrando así la muerte.

¿Cuál fue el error de Áyax?

El mismo que hemos cometido tú y yo, en más de alguna ocasión. Esta historia de la mitología es un recordatorio para mantener nuestro ego en equilibrio y no dejar que el orgullo nuble nuestro juicio, por más competentes que seamos e incluso si se cometen injusticias. Después de la muerte de Aquiles, Áyax bien pudo haber sido el mejor guerrero. Paradojicamente y por no poder controlarse, terminó cometiendo suicidio, un acto que era muy mal visto por los griegos y motivo de deshonra.

«Considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos, ya que la victoria más dura que hay es la victoria sobre uno mismo». Aristóteles

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Enroque largo IV

El primer pétalo era de rosa. Tanto su color como su forma se asemejaban a una copa de vino. Ese hallazgo fue como el primer puñetazo en una pelea de boxeo. La nostalgia me tanteaba, y aunque no me doblegué al instante, tardé poco en sentir una suerte de nocaut emocional. Entre algunas brumas pude rescatar recuerdos de mi mamá guardando pétalos en sus libros. Tréboles, hojas de aromo, girasoles completos. Puede que sirvan más adelante, solía decir.

Me zambullí por completo en la polvareda, las texturas y la tinta, impulsado por la añoranza. Vi libros que me contaron toda su vida, vi otros que me dieron la espalda. Otros me regalaban ramitas de eucalipto, semillas o un pétalo. Estos últimos eran los que yo buscaba. Y así estuve una semana entera hasta completar la colección.

Eran casi cuatro mil libros, ¿será que nunca los contaste, mamá? Sé que no te gustaba como escribía Bolaño, pero tenías algo en común con él. Para ustedes dos robar libros no era un delito.

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Espesura

Levantó el arma y miró a través de ella. Disparó antes de que fuera demasiado tarde. Dos, tres, cuatro, así hasta que perdió la cuenta. Emprendió la retirada y revisó todas las imágenes. En ellas capturó la veteranía de los pinos, el aroma a tierra húmeda, incluso el temor a lo que no se conoce. Pero en ninguna de las fotografías tomadas había rastro de eso que le había sonreído.

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Enroque largo III

—¿Encontraste el libro que andabas buscando?

—Sí, ya lo guardé en mi mochila. También vi que tienes una carpeta llena de pétalos secos. Está muy linda.

—Hay una historia curiosa sobre esa colección.

—¿Me la cuentas? —Me agarró la mano y me miró con fijeza. Su lenguaje corporal era una delicia. En el no habían trampas, siempre jugaba con las cartas boca arriba— ¿O quieres hacerte el interesante? Te gusta eso de andar esparciendo la intriga y luego te callas o te vas.

—¿De dónde sacaste eso?

—De todos estos días que hemos estado hablando.

Ese cúmulo de nostalgias y placeres para olvidar. Paseos sin destino, cigarros que morían demasiado rápido. Variaban ciertos personajes y lugares, lo constante era una soledad normalizada.

—Cierto, cierto. ¿Como un mes o me equivoco?

Me volvió a mirar. En sus labios se dibujó una cándida sonrisa. Su forma de ser me daba ternura pero también temía por ella. Había conocido a personas así antes y todas terminaban en las redes de algún miserable psicópata.

—Diría que tienes mala memoria, pero ahora creo que es otra cosa.

Me levanté y le puse una carga nueva a la pipa.

—Bueno, volviendo a lo de los pétalos…

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Enroque largo II

Siempre que ella tenía una pesadilla me la contaba. Yo recuerdo esa maraña de tramas con todos sus detalles, pero no porque tenga buena memoria. Muy por el contrario, siempre he sido olvidadizo y todo el mundo dice que a veces me hablan y sienten que no estoy escuchando.

Pero con ella condensaba mi atención, como si fuera un asunto de vida o muerte. Sentía que era poco menos que un deber. Después, pasadas las semanas o incluso los meses, le hablaba sobre esa casona que devoraba niños por sus ventanas, o ese baño público en medio del desierto. A ella le sorprendía que yo recordara esas cosas. A mí también.

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Roble escarlata

Compré un arreglo floral carísimo. Sencilla frase la que utiliza para bloquear el gris de la situación. La repite una y otra vez al salir de la tienda. Está avergonzada y se le nota en el andar. No sabe por qué.

Quizá sea porque se olvida del pequeño, quien le va tirando de una mano desde que salieron al encuentro de la calle. A mitad de cuadra parece despertar del trance y sus piernas de muñeca rota se detienen a temblar. Se agacha hasta quedar cabeza a cabeza con su hijo y alza las cejas.

Él señala algo a lo lejos, ella apenas lo ve. Menos de un segundo y desvía la mirada. Era una hilera de robles escarlata, muy parecidos a los de esa foto antigua, la primera de muchas. Se estremece pensando en eso.

—Son bonitos —dice el niño.

La mujer se levanta, lo coge de un brazo y enfilan ambos calle abajo. Dos cortavientos y un manojo de colores temerosos sobrevuelan el nubarrón de la vereda. Observa con especial atención los pasos alargados que da el hijo, como si fuera un astronauta. Encuentran el auto. No se puede quitar de la cabeza la imagen de tierra seca y pétalos marchitos.

—Las flores te gustan como el arcoíris.

—Es que los arcoíris son muy bellos.

Acomoda las flores en el asiento trasero.

—Quiero que las vea mi papá.

—¿Crees que le gusten, cierto?

Intercambian una mirada somnolienta, ambos lucen mejillas coloradas. El niño frunce un poco la boca. Sus pupilas brillan. ¿Qué pasa ahora? piensa ella. Siente algo en la espalda y el pecho, trepa hasta la garganta y se queda allí. Compré un arreglo floral carísimo.

—¿Qué pasa, Tomasito? —La respiración no le da para más letras, los labios caen como afectados por la gravedad. Recuerda los cirios, las frías baldosas, los murmullos, y aquellos guardianes de piedra sobre las tumbas.

—No tengas penita, mamá. Tus ojos se ponen rojos cuando tienes penita.

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La chica del fondo del pasillo

Un brazo desganado se estira lo justo para dar con la mesita de noche. Para la colilla no queda esperanza; índice y pulgar elevan el vestigio a la altura de un par de ojos hinchados. Una semana más tarde será mayor de edad. Le es nocivo pensar que entre esa idea y el pulgar quemado apenas caben dos caladas. Ella fuma porque el humo es un buen pretexto, no se les vaya a cruzar por la cabeza que estuvo llorando. Y es algo más que un camuflaje, resulta necesario para justificar las paredes mal pintadas de esa habitación, el intento de estirar las sábanas y esa almohada, que no es suya y que es engañosamente blanca.

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